Relatos y tradiciones · Místico
La voz en la noche de Shavuot
Abra el libro Maguid Mesharim —el diario en el que Rabí Yosef Caro registró las palabras de su maestro celestial— y, antes de que comience el diario propiamente dicho, encontrará una carta. La escribió su amigo y compañero, el poeta y cabalista Rabí Shlomó HaLeví Alkabetz, al círculo de eruditos que habían dejado atrás en Salónica. En ella Alkabetz cuenta lo que sucedió una noche de Shavuot a comienzos de la década de 1530, en algún lugar de los Balcanes otomanos, y por qué los dos se encontraban ahora de camino a la Tierra de Israel. Los impresores del diario colocaron esta carta al frente como introducción; más tarde el Shelá HaKadosh volvió a recogerla en su sección sobre Shavuot. Es el relato más antiguo que tenemos de un Tikún Leil Shavuot, y lo más cerca que podemos llegar de oír a Caro y a Alkabetz en su propio tiempo.
«Acordamos permanecer despiertos»
La carta empieza sin preámbulos: “דעו לכם כי הסכמנו החסיד נר״ו ואני עבדו ועבדיכם מהחברים…” —«Sabed que el piadoso, Dios lo guarde, y yo, su siervo y el vuestro, de entre los compañeros, acordamos…»— desterrar el sueño de nuestros ojos en la noche de Shavuot. Alkabetz dispuso él mismo el orden del estudio, y lo enumera con esmero. Entonaron en voz alta, con la cantilación, el relato de la Creación; la entrega de la Torá en el Sinaí, en el libro de Éxodo; el pacto que la siguió; los Diez Mandamientos y el Shemá en Deuteronomio; y el último capítulo de la Torá, la muerte de Moisés. Después, las haftarot de la festividad —la carroza de Ezequiel y la oración de Habacuc— y salmos, el Cantar de los Cantares entero, el libro de Rut entero y el final de Crónicas. Luego pasaron a la Mishná y comenzaron el orden de Zeraím, y tras él las enseñanzas de la cábala. Todo, insiste, se hizo con reverencia y temblor, con la melodía y las notas debidas: «cuesta creerlo».
Medianoche
Habían terminado dos tratados de la Mishná cuando, a medianoche, una voz comenzó a hablar por boca de Rabí Yosef Caro: una voz potente, en la que cada letra sonaba con claridad, que se elevaba en una larga melodía y crecía a medida que avanzaba. Los vecinos podían oírla, pero no entendían las palabras. Los amigos cayeron sobre sus rostros; ninguno se atrevía a levantar los ojos por temor.
La voz les habló como a hijos amados: “שמעו ידידי המהדרים מן המהדרים, ידידי אהובי, שלום לכם, אשריכם ואשרי ילדתכם…” —«Escuchad, amigos míos, los más devotos entre los devotos, mis amados, la paz sea con vosotros; dichosos vosotros, y dichosa la que os dio a luz».— Se nombró a sí misma: la Mishná, «la madre que corrige a sus hijos». Eran dichosos en este mundo y en el venidero, les dijo, porque se habían propuesto coronarla aquella noche. Su honra llevaba mucho tiempo arrojada al polvo, y ellos la habían vuelto a levantar; su estudio había ascendido hasta los cielos. “ואל תפסיקו הלימוד, כי חוט של חסד משוך עליכם, ותורתכם ערבה לפני הקב״ה” —«No interrumpáis el estudio, porque un hilo de gracia se extiende sobre vosotros, y vuestra Torá es dulce ante el Santo, bendito sea».— Les dijo que se pusieran de pie y dijeran en voz alta Baruj shem kevod maljutó, como en Yom Kipur.
«No todo momento es propicio»
Entonces la voz pasó al asunto que cambiaría la vida de ambos. Subid a la Tierra de Israel, les dijo, porque no todo momento es propicio. Y tomó las palabras que José envió a sus hermanos —«no os pese dejar vuestros enseres»— y les dio la vuelta: que vuestros ojos no se apiaden de vuestras posesiones. “ואם תאבו ושמעתם, טוב הארץ ההיא תאכלו; לכן מהרו ועלו” —«Si queréis y escucháis, comeréis el bien de aquella tierra; por tanto, apresuraos y subid».— Y a unos hombres que temían por sus familias y su sustento, les prometió: “כי אני המפרנסת לכם ואני אפרנסכם, ואתם שלום ובתיכם וכל אשר לכם שלום” —«porque yo soy la que os sustenta, y yo os sustentaré; paz a vosotros, a vuestras casas y a todo lo vuestro».
Al amanecer fueron a sumergirse, como habían hecho los dos días anteriores. Y reprendieron a los tres compañeros que no habían acudido aquella noche. Cuando estos tres supieron lo que se habían perdido, escribe Alkabetz, lloraron y se golpearon el pecho.
La segunda noche
Fuera de la Tierra de Israel, Shavuot dura dos días. Aunque ninguno había dormido, decidieron repetirlo todo, y esta vez ser diez. La voz llegó antes que la primera vez, cuando todavía leían el Shemá, y habló durante una media hora. A medianoche volvió y habló durante más de una hora. Los instó a prepararse en el vestíbulo para poder entrar en el gran salón; los reprendió por aferrarse a los deseos y al fango de este mundo; y de nuevo, con mayor apremio, les ordenó subir a la Tierra. Alkabetz añade que lo que ha escrito no es ni la centésima parte de lo que se dijo.
El Shabat siguiente y un pacto
El Shabat siguiente, la voz vino una vez más a Caro y recordó a los compañeros la promesa que habían hecho. Antes de la comida de la mañana, Caro los reunió y los conminó a cumplirla, y ellos respondieron como respondió Israel en el Sinaí: «Haremos y escucharemos». Asumieron nuevas normas de santidad, entre ellas un día semanal de duelo por el Templo, en el que no comerían carne ni beberían vino.
«Abrid los ojos»
La carta no se escribió como unas memorias. Se escribió para persuadir. Alkabetz se dirige a los amigos de Salónica y les suplica que abran los ojos, que vean en todo esto una señal y que se unan a Caro y a él en la Tierra Santa antes de que pase el momento: ha llegado el tiempo de la siega. Les ha contado todo, escribe, y así ha salvado su propia alma. Termina con una plegaria para que pronto sirvan juntos a Dios en la Tierra.
El camino a Safed
La carta no describe el viaje, y los relatos posteriores discrepan en los detalles. Lo que los historiadores pueden reconstruir es lo siguiente: la llamada no fue atendida de inmediato. Alkabetz pasó un tiempo en Adrianópolis, donde terminó su libro Brit HaLeví y lo dedicó a los amigos que había hecho allí; llegó a Safed hacia 1535. Caro, que viajó por Estambul y Egipto, llegó hacia 1536. Algunos relatos dicen que partieron juntos y zarparon de Estambul; otros los hacen llegar con un año de diferencia. Sea como fuere, a los pocos años de aquella noche de Shavuot ambos estaban en Safed: Caro, para convertirse en presidente de su tribunal y su más grande maestro; Alkabetz, para escribir en sus colinas el himno Lejá Dodí, que todo el pueblo judío canta cada viernes por la noche.
La voz había cumplido su palabra. Durante el resto de su vida vivieron en la Tierra a la que ella los había enviado, y la amistad que nació en la noche en que fue entregada la Torá yace sepultada con ellos en el antiguo cementerio de Safed.
Cómo viajó la carta
Alkabetz escribió a un pequeño círculo de amigos; no pudo imaginar quiénes serían sus lectores. Más de un siglo después, los impresores del Maguid Mesharim colocaron su carta al comienzo del libro, y el Shelá —Rabí Ishaiá HaLeví Horowitz— la recogió en su sección sobre Shavuot como modelo de cómo debe pasarse esa noche. En la propia Safed, una generación después de escrita la carta, también el Arizal enseñó la gran importancia de permanecer despierto estudiando durante esa noche, como dejó registrado su discípulo Rabí Jaim Vital. A través de estas páginas, la vigilia de unos pocos amigos se convirtió en el Tikún Leil Shavuot que se observa en sinagogas de todo el mundo, incluida, cada año, la casa de estudio de Marán en Safed.