Relatos y tradiciones · Historia
Doscientos en los bancos
Hacia 1567, un poeta y viajero yemenita, Zejariá al-Dhahirí, recorrió la Tierra de Israel y llegó a Safed. Años más tarde, de vuelta en Yemen, escribió un libro en prosa rimada en el que describía sus viajes, y en él nos dejó la única descripción de un testigo presencial de Rabí Yosef Caro enseñando en su casa de estudio.
Fue, escribe, un Shabat, a ver la sede de estudio del gran hombre. Tan sobrecogido estaba que se sentó junto a la entrada, al lado de la jamba de la puerta. Dentro, el anciano sabio estaba sentado en una silla y hablaba. Con sus palabras, dice al-Dhahirí, elevaba a la gente por encima de las cargas de sus días y la acercaba a Dios, y la revestía, por así decirlo, de finas vestiduras, mientras explicaba el versículo “La Torá del Señor es perfecta, que restaura el alma”, exponiendo tanto su sentido literal como el oculto.
Ante él, en bancos, se sentaban unos doscientos alumnos, “muy admirables y distinguidos”, en palabras del viajero. Cuando el maestro terminó, indicó con un gesto a uno de los discípulos que tenía enfrente que tomara la palabra. El joven habló con tal elocuencia, con argumentos tan convincentes sobre el alma, que el anciano sabio quedó asombrado, y lo hizo levantarse y lo honró por encima de todos los presentes.
Al-Dhahirí se quedó un rato más, hasta que el maestro indicó a sus alumnos que se levantaran y dio a cada uno una Mishná para estudiar. Y así se fueron por sus caminos.
Esta es la sala en la que usted se encuentra cuando nos visita. Los bancos son otros, los muros se han reconstruido; pero aquí es donde se sentaban los doscientos.