Relatos y tradiciones · Místico
El León y el Maestro
En 1570 llegó a Safed (Tzfat) desde Egipto, con su familia, un joven de unos treinta y seis años. Intentaba ocultar su grandeza, pero en pocos meses toda la ciudad hablaba de Rabí Itzjak Luria: el Arí, «el León». Rabí Yosef Caro tenía ya más de ochenta años: era presidente del tribunal rabínico, autor del Bet Yosef y del Shulján Aruj, y el rabino más venerado del mundo judío.
Una alianza entre dos casas
Cuenta la tradición que Caro buscaba esposa para su hijo Shlomó, nacido en 1555, y oyó hablar de la hija del recién llegado. Caro estaba convencido de que la familia Luria era la adecuada, y el respeto entre los dos sabios era mutuo. Se dice que toda la ciudad se conmovió con la noticia. El compromiso se celebró en la casa de los Luria, con los sabios de Safed reunidos para festejarlo, y las palabras que pronunció el padre de la novia se elevaron por encima de todas las demás.
Según el relato, Caro volvió tarde a casa aquella noche y le contó a su esposa, que no había podido asistir, lo que había escuchado. No encontraba palabras para describirlo. Semejante profundidad en el sentido interior de la Torá y de las mitzvot, dijo, superaba lo que él había imaginado que un ser humano pudiera alcanzar; el alma de aquel hombre debía de provenir de los primeros profetas. Y entonces su alegría se tornó en temor: «Nuestra generación no es digna de tanta luz. Temo que no lo tendremos mucho tiempo entre nosotros». Dos años después, en el verano de 1572, el Arizal falleció a los treinta y ocho años.
La lección en la que se durmió
Tras aquella noche, prosigue la tradición, el anciano Caro, con la humildad de buscar un maestro más de cuarenta años menor que él, pidió al Arizal que le enseñara cábala. El Arizal se mostró reacio, pero estudiaron juntos algunas veces. Luego le dijo a Caro con delicadeza que su alma no estaba destinada a recibir esta sabiduría por su camino; le convenía más aprender de las enseñanzas de Rabí Moshé Cordovero, el Ramak. «Y he aquí una señal de que tengo razón», añadió. «En cuanto empiece a revelar los secretos, te quedarás dormido». Y así fue: cada vez que el Arizal comenzaba a hablar de las cosas ocultas, a Caro se le cerraban los ojos.
La historia no se cuenta para empequeñecer a Marán. La tradición explica que cada gran alma tiene su propia misión. La de Caro era la Torá revelada —poner la mesa de la halajá para todo Israel—, y para las cosas ocultas tenía su propio maestro celestial. Una historia parecida se cuenta de su discípulo, el Alshej, a quien el Arizal también devolvió a su propia tarea.
Lo revelado y lo oculto
La boda, relata la tradición, se celebró en 1570 con la participación de toda la ciudad. La gente vio en ella algo más que la unión de dos familias: los dos rostros de la única Torá —la revelada, codificada por Marán, y la oculta, abierta de nuevo por el Arizal— unidos bajo un mismo palio nupcial en Safed.