Relatos y tradiciones · Folclore y leyendas
La vasija de vino de Nicópolis
Imprimir una obra del tamaño del Bet Yosef en la Venecia del siglo XVI costaba una fortuna. Rabí Yosef Caro era un erudito, no un hombre rico. ¿Cómo llegaron entonces sus libros a la imprenta? La gente de Safed —y de muchas comunidades judías— responde con un relato.
En Nicópolis, a orillas del Danubio, cuentan, vivía un gran erudito llamado Rabí Yosef que amaba la Torá por encima de todo y se negaba a vivir de fondos públicos. Tenía una pequeña participación en una tienda, pero su corazón estaba siempre en la casa de estudio, y más de una vez llegó a la tienda cuando el día ya terminaba. Al final, su socio le propuso disolver la sociedad y le pagó su parte.
Su esposa le dijo que el dinero guardado en casa no da ganancias; debía ir al mercado y comprar algo para venderlo con beneficio. Rabí Yosef se puso en camino, pero sus pies lo llevaron, como siempre, a la casa de estudio, y estudió hasta el anochecer. De regreso, en el mercado que se vaciaba, un forastero alto le ofreció una vasija grande y pesada —para mezclar vino, según una versión; un viejo mortero de hierro, según otra— exactamente por la suma que llevaba en el bolsillo. Rabí Yosef la compró y la llevó a casa.
Su esposa miró aquel trasto grande y feo y se desesperó: “¿Qué vamos a hacer con esto?”. Esa noche Rabí Yosef soñó. En el sueño se le dijo que la vasija no era lo que parecía: bajo su superficie oscura estaba hecha de oro. Debía venderla, tomar el dinero y subir a la Tierra de Israel, a la ciudad de Safed.
Por la mañana, mientras él estaba en el rezo, su esposa llamó a un orfebre de confianza para que la examinara. El sueño era cierto. Rabí Yosef vendió la vasija, y él y su esposa partieron hacia Safed. Pero lo que más le alegró, concluye el relato, fue que aquella fortuna le permitiera imprimir los libros que llegaron a ser el Bet Yosef y el Shulján Aruj.
Se trata de un cuento popular, narrado con variantes, y no de un registro histórico. Como muchos relatos de este tipo, encierra una verdad propia: que el hombre que no apartaba los ojos de la Torá era cuidado desde lo Alto.